Arquivos Diários: 13 janeiro, 2011

ANDREA BOCELLI e Anna Netrebko interpretam “BRINDISI” – LA TRAVIATA

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ENRIQUE ROSAS PARAVICINO sobre MANOEL DE ANDRADE:


EL CANTOR PEREGRINO DE AMÉRICA (*)


Un proverbio chino dice que un largo viaje empieza con un simple paso. Este paso en la vida de Manoel de Andrade debió ser una palabra, una metáfora, un verso juvenil, algo que diera inicio a la gran aventura de su existencia: escribir y caminar, crear y peregrinar, versificar el dolor social  y recorrer los infatigables caminos de América. Como León Felipe, fue el viento áspero y testimonial de las injusticias de la tierra, pero además, el que proclama su fe en aquel tiempo nuevo que la historia reserva para los pueblos oprimidos. Poesía labrada en la lucha tenaz, macerada en lágrimas y enunciada con tono viril y desafiante a pesar de los tiranos, poesía esparcida por las tempestades andinas para que resuene en villorrios, ciudades, centros mineros, fábricas y comarcas campesinas. ¿De dónde salió Manoel de Andrade con esa misión que se impuso, como un apostolado laico, con una firme convicción que lo identifique como esencial entre los poetas de su generación? Salió de Curitiba, Paraná, la noble tierra brasileña que se arrulla con el eco cercano del Atlántico. Nació en un hogar proletario, se hizo hombre a golpe de esfuerzo y necesidad. Por algo en uno de sus poemas se define forjado en la dureza de las privaciones:



 

“Cuando me preguntan de qué vale un poeta en el mundo / yo contesto con mi canto de hijo proletario /  con mi infancia descalza ysin juguetes / con todos los niños del mundo que fui en mi estómago de agua”. (Tiempo de siembra).

En tal origen humilde ya estuvo el germen de una poética que proclamaba derechos y utopías sociales. Bajo el magisterio de los dos íconos latinoamericanos más influyentes del siglo XX, Vallejo y Neruda, el brasileño se propuso entonces poetizar la gesta popular, el sacrificio colectivo, la solidaridad de clase, el ansia de libertad y el rechazo a la exclusión y el oprobio. En ese afán, crispa el puño contra los opresores de toda laya, aquellos que convirtieron la ancha tierra americana en una comarca de cadenas, saqueos y fosas comunes. Su poesía es una respuesta a esa paz de cementerio impuesta por los dictadores, pero también poesía matizada con tonos de ternura, de requiebros afectivos y de reafirmación de principios. Fueron años intensos de recorrido del poeta por Bolivia, Perú, Chile, Colombia, Ecuador y México. Portador de la bandera de “los hombres sin rostro”, Manoel de Andrade sintetiza así su largo peregrinar por el continente:

…Y de pueblo en pueblo / por esas ciudades llenas y vacías / en los teatros y las fábricas / en las escuelas y en los sindicatos / por los socavones profundos de las minas / en lo alto de los Andes / y por el eco misterioso de las montañas / sobre los valles florecidos / y entre los campesinos en medio de la cosecha / de frontera a frontera, / de esperanza en esperanza / por todas partes sembraré mi canto. (El caminante y su tiempo).

El poeta se yergue contra la infamia de las tiranías y se constituye en una voz digna y desafiante, esto es, la voz del sur que reclama la justicia secuestrada por los tecnócratas del norte opresivo, la palabra vibrante que conjuga, en sí, ética y estética, y resuena acompasada por el péndulo de los grandes ideales humanos. Porque, ciertamente, la ruta al futuro está asfaltada  de “sacrificios profundos” (dixit, Eduardo Galeano), con las acciones de los mártires y los sueños aurorales de los paladines de la emancipación continental. Convenzámonos de esto hoy que celebramos el segundo centenario de nuestra Independencia, momento propicio para revalorar una poética como la de Manoel de Andrade, firmemente enraizada en el fermento de las luchas populares, vivificada por una herencia histórica llena de gestas libertarias; sin perder  en tal contexto su yo poético, ese pronombre identitario que se enlaza con el yo colectivo de los humillados y negados de América.

Yo vengo a denunciar falsas revoluciones / y el oportuno pacifismo / vengo a hablar de un  tiempo de destierros y torturas, / yo vengo a hablar de un terror que crece uniformado, / y de estos años en que cada promesa de paz es una mentira. (Canción de amor a América).

No es gratuito, entonces, que en sus versos asomen los arquetipos de la heroicidad latinoamericana: Ernesto Guevara Serna, Javier Heraud, Guido Inti Peredo y Otto René Castillo, entre otros. Tampoco es casual que su primer poemario, publicado en Bolivia, lo haya dedicado a la memoria del

líder minero Federico Escobar Zapata. Ni menos nos sorprende que los editores de sus primeras hojas volantes hayan sido estudiantes bolivianos y peruanos, quienes fueron, asimismo, sus más entusiastas difusores. De ahí que Manoel de Andrade más que un simple hablante periférico, viene a ser  la personificación de una conciencia moral que al señalar, reclamar y nombrar en representación del pan y la equidad, le restituye a la palabra su inflexión más raigalmente humana, allí donde madura la simiente inicial de todo proyecto de justicia en el mundo. Su invocación a la libertad lo retrata mejor en esta ruta:

Libertad… oh libertad… / hoy somos apenas los guardianes de un sueño / los que sustentamos en tantas patrias la bandera de la bravura / hoy somos los guerreros del silencio / para que tu himno pueda ser entonado con alegría por los hijos del mañana. (Libertad).

Extraño caso el de este poeta. Adquirir el prestigio de la voz no en su patria natal, sino en el exilio y en el rumor de las multitudes sin voz de América. Él encarna esa ansia de liberación, la necesidad de romper los grilletes que atan al hombre a la enajenación, la miseria y a la marginalidad. El prestigio de su poética viene, esencialmente, de su identificación con la causa de los expoliados, de los que teniendo memoria han sido privados de futuro, de aquellos que con su duro trabajo cotidiano forjan las riquezas ajenas y acrecientan el poder opresivo de los pocos. Esta tesitura verbal se sustenta en certezas cotidianas y palpables, no así en abstracciones metafísicas decimonónicas; es una poesía que denuncia y alega, a la vez que afirma y remarca convicciones de lucha, en un tiempo en que pareciera decaer la fe en los valores supremos de la humanidad. En fin, es una poesía que debemos hacerla nuestra, porque nos representa como discurso y como demanda, porque todos estamos inmersos en su reclamo fidedigno y en la promesa que conlleva: la llegada de un amanecer que sea, necesariamente, el inicio de una historia de plenitud para nuestros pueblos.

Gracias, Manoel de Andrade, por resemantizar, con notable solvencia de voz, la memoria social de América.

Cusco, Perú, primavera de 2010.

(*) A propósito del libro Poemas para a liberdade. Ed. Escrituras, São Paulo, 2009.

Enrique Rosas Paravicino (Cusco, Peru) é  narrador, poeta, ensaísta e autor dos livros: Al filo del rayo (1988), El gran señor (1994), Ciudad apocalíptica (1998), La edad de leviatán (2005), Muchas lunas en Machu Picchu (2006), El patriarca de las aves (2006) y El ferrocarril invisible (2009),  além de inúmeros artigos publicados em revistas especializadas. Em conjunto com outros autores também publicou: Fuego del sur (1990), Alfredo Yépez Miranda y su tiempo (2001) y Nueva antología del Cusco (2005).
Seus textos integram estudos e varias antologias. É professor e pesquisador da Universidade Nacional de San Antonio Abad del Cusco e  reconhecido com vários prêmios e distinções nacionais.