Arquivos Diários: 7 abril, 2011

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS: en el primer centenario de su nacimiento – por enrique rosas paravicino / peru

Hace cien años, un 18 de enero de 1911, nació en Andahuaylas (Perú), el renombrado novelista, poeta, antropólogo y maestro universitario José María Arguedas, cuya estatura intelectual, moral y estética se halla al nivel de los más insignes exponentes de la cultura latinoamericana del siglo XX. Bien sabemos que Arguedas es autor de numerosos libros de diferentes géneros, llámese novela, cuento, poesía o ensayo, aparte de escritos de carácter antropológico, artículos especializados, textos epistolares y traducciones etnológicas importantes. El público lector lo aprecia esencialmente por obras como “Agua”, “Yawar fiesta”, “Diamantes y pedernales”, “Los ríos profundos”, “El Sexto”, “Todas las sangres” y “El zorro de arriba y el zorro de abajo” entre otros. Y por cierto que ello es legítimo, porque la estética arguediana está registrada en esta copiosa prosa de ficción, lo que, sin embargo, no debe quitarle importancia a sus demás facetas. Hoy mismo está en proceso de edición los tomos correspondientes a su quehacer como científico social.

Arguedas nos presenta, esencialmente, el cuadro social y las complejas relaciones que se dan entre los estamentos de la sociedad andina, donde se evidencia la opresión del indígena por parte del terrateniente, en concertación con las autoridades de la comarca, cuadro en el que el Estado, aparte de tener una presencia débil, está allí sólo para convalidar las acciones de los poderosos contra los oprimidos. Es cierto que este punto ya lo habían tratado los indigenistas ortodoxos con intención de denuncia y solidaridad, pero Arguedas lo hace con un conocimiento directo del asunto, es decir, a partir de sus propias vivencias en las comunidades y haciendas. No olvidemos que él es hijo de un abogado cusqueño, perteneciente al estrato social blanco, pero que por haber sido dejado por su padre en el fundo de su madrastra, se ve confinado a vivir entre los siervos indígenas, al punto que muy pronto se arraiga gozoso entre ellos, por la bondad y el afecto que le brindan como si fuese otro maqt’illo más.

Esta experiencia temprana lo lleva a concluir más tarde, a través de sus libros más cimeros, que el campesino indígena es socialmente más creativo que el terrateniente, más sabio en su relación con la naturaleza, más sagaz ante las contingencias de la vida y más apto para resolver por sí solo los problemas seculares nacidos de la colonialidad y del régimen de servidumbre. No faltarán quienes digan que Arguedas idealiza mucho a sus personajes indígenas, pero el hecho de tomar partido por los más débiles afianza, más bien, su perfil de humanista moderno, y lo hace digno de constituirse en un paradigma de ética intelectual.

Es pertinente anotar que en toda la producción de José María Arguedas hay una continuidad creciente y enriquecedora, como si atravesase por etapas previamente planificadas, un hilo coherente que va de menos a más, de lo sencillo a lo complejo. Es un proceso constante que se expande de la esfera aldeana a la esfera provincial y de lo provincial a lo nacional (incluso hasta denotar la presencia del capital internacional). Tanto Yawar fiesta, Los ríos profundos como Todas las sangres cumplen ese rol de ensanchar más y más la perspectiva arguediana, sin que haya desbalance entre libro y libro, ni menos se estanque una maduración ideológica y estética cada vez más afianzada por la experiencia intelectual y por un sentido proteico en la invención de situaciones y personajes.

Esta identificación con los oprimidos, sean grupos humanos o países del tercer mundo, le viene (igual que en Vallejo) más que de una doctrina aprendida, de su sensibilidad profunda, de su dolorosa experiencia de niño, de su condición de humanista moderno y de las convicciones que le enseñaron sus sencillos protectores indígenas. No en vano Arguedas, en su poema titulado “A nuestro padre creador Túpac Amaru”, traza una dedicatoria sentida a aquellos seres humildes que le brindaron el afecto que no halló en su hogar biológico. La dedicatoria dice así: “A doña Cayetana, mi madre india, que me protegió con sus lágrimas y su ternura cuando yo era un niño huérfano, alojado en una casa hostil y ajena. A los comuneros de los cuatro ayllus de Puquio en quienes sentí por vez primera, la fuerza y la esperanza”. ¿Habrá otro autor capaz de transmitir con tanta carga de afectividad su reconocimiento a la madre adoptiva?

Ciertamente José María Arguedas es un escritor bilingüe. Se expresa con igual soltura tanto en español como en quechua. Toda su prosa narrativa, con excepción de “El sueño del pongo”, ha sido escrita en español; y en cambio toda su poesía ha sido cristalizada en quechua, apelando a la riqueza metafórica que posee esta lengua para el discurso lírico e intimista. Son poemas extensos los que concibe, con modulaciones de intensa emotividad, en los que predomina el “yo” colectivo del hablante, como en los poemas titulados: “A nuestro padre creador Túpac Amaru”, Oda al jet” “Al pueblo excelso de Vietnam”, “Llamado a algunos doctores”, y “Katatay”. Por algo la vez que recibió el Premio Inca Garcilaso de la Vega, en 1968 diría con entusiasmo: “Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz habla en cristiano y en indio, en español y en quechua”.

Por eso, en este asunto del bilingüismo, merece también una singular referencia la traducción que Arguedas hace de Dioses y hombres de Huarochirí, traducción del quechua al español. En efecto, este documento de origen colonial, llamado también “el manuscrito de Huarochirí” es un legado de los extirpadores de idolatrías de fines del siglo XVI, quienes en su afán de evangelización de las poblaciones quechuas, habían registrado en forma escrita una serie de rituales, mitos y concepciones cosmogónicas del Perú prehispánico. En tal entramado mitológico halló Arguedas el leit motiv para acometer la escritura de El zorro de arriba y el zorro de abajo y, de esta manera, pudo renovar cualitativamente las estructuras formales y conceptuales de su narrativa. Esta es una opción ejemplar de retorno a las raíces históricas, a los abrevaderos del mito andino. Mientras otros desdeñan la herencia etnológica, histórica o cosmológica de los ancestros indígenas, Arguedas explotó con gran entusiasmo esta veta, porque tenía la plena convicción de que aquí estaba la principal materia prima para la elaboración de un arte nacional.

Mario Vargas Llosa, en su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura 2010, tuvo el gesto de recordarlo con cierta afección. Sus palabras constituyen su personal desagravio y su enmienda, por cuanto así queda atrás la calificación de “arcaica” que hizo de la poética de Arguedas en un afán de deslegitimar la opción cultural andina. He aquí un gesto que enaltece al autor de “La casa verde” y que bien podría ser emulado por otros que, sin entender la propuesta de todas las sangres, se pasaron muchos años denigrando un legado literario que igualmente nítido se oye “En la voz del charango y de la quena…” (Arguedas dixit).

En el largo proceso de la literatura peruana hay una sucesión constante de resistencia cultural y de afirmación de valores, memorias y saberes que hemos recibido de nuestros mayores, esto es, de aquellos peruanos que hace 10 mil años domesticaron animales y plantas en los Andes, los que en otro momento de la historia constituyeron culturas como Caral, Chavín, Tiahuanaco, Nazca, Paracas; los que más adelante fundaron civilizaciones originales como los wari y los incas, los que edificaron, Pikillaqta, Cusco, Machupicchu, P’isaq, y Choqekiraw. Las palpitaciones de esta herencia milenaria han sabido auscultar con apasionada entrega, peruanos como el Inca Garcilaso de la Vega, Guaman Poma de Ayala, César Vallejo, José Carlos Mariátegui, Jorge Basadre y también el amauta José María Arguedas Altamirano.

Son estos relevantes peruanos los que establecieron esa dimensión de continuidad histórica, de legados milenarios y valores éticos e ideológicos, en perspectiva a construir la Nación / Estado, un proyecto en el que la cultura andina tenga un papel equitativo al lado de las otras culturas del país, porque la historia del mundo nos demuestra que los proyectos político-sociales exitosos, son precisamente aquellos que se sustentan en las esencias de la nacionalidad. De allí entonces que José María Arguedas viene a ser el visionario de una patria nueva, de un país reinventado desde sus raíces ancestrales, una nación que conjugue tradición y modernidad en  un escenario internacional muy competitivo, en el que la revolución científica y tecnológica, llamada también revolución semiótica, sea realmente un factor de desarrollo y democracia, esto es, de liberación del hombre y no así un arma de opresión, dependencia y neocolonialismo.

 

Enrique Rosas Paravicino (Cusco, Peru) é  narrador, poeta, ensaísta e autor dos livros: Al filo del rayo (1988), El gran señor (1994), Ciudad apocalíptica (1998), La edad de leviatán (2005), Muchas lunas en Machu Picchu (2006), El patriarca de las aves (2006) y El ferrocarril invisible (2009),  além de inúmeros artigos publicados em revistas especializadas. Em conjunto com outros autores também publicou: Fuego del sur (1990), Alfredo Yépez Miranda y su tiempo (2001) y Nueva antología del Cusco (2005).
Seus textos integram estudos e varias antologias. É professor e pesquisador da Universidade Nacional de San Antonio Abad del Cusco e  reconhecido com vários prêmios e distinções nacionais. O presente artigo é a síntese de uma ampla conferência dada este ano, pelo autor, em várias cidades do Peru, em comemoração ao centenário de nascimento de José María Arguedas.